Un Púlpito No Es Una Platforma

Desde principios del siglo 18, el cristianismo estadounidense ha estado dominado por personalidades. George Whitefield, los Wesley, y Jonathan Edwards ocupan un lugar destacado en cualquier narración de la historia del cristianismo estadounidense del siglo XVIII. Cuando pensamos en el siglo 19, pensamos en figuras como Charles Finney. El evangelicalismo estadounidense del siglo XX fue dominado por sujetos como Billy Sunday y Billy Graham. Muchas de esas figuras no estaban asociadas con algún pulpito en particular. Ellos eran predicadores viajeros e hicieron muchos seguidores. Los evangélicos estadounidenses han tendido a reunirse en torno a personalidades y plataformas en lugar de en torno a los predicadores y púlpitos.

Sabemos lo que literalmente es una plataforma literal: una superficie elevada sobre la cual un orador puede estar parado con el fin de ser escuchado. Es un estrado. Se destaca al orador, la personalidad. Una plataforma tiene equipo de sonido e iluminación técnica diseñadas para dar realce al orador.  La plataforma es lo suficientemente amplia para dar espacio a que el orador se mueva seguido por una luz direccional para producir un efecto dramático en la audiencia.

Un púlpito, sin embargo, es otra cosa. También se eleva. Dependiendo de cuando fue construido, puede incluso tener una caja de resonancia por encima de ella, con el fin de ayudar a proyectar el sonido de la voz del predicador a la congregación. Esa fue la tecnología de sonido del siglo XVI. Sin embargo, a diferencia de la plataforma, el púlpito no fue diseñado para poner de relieve ni al predicador ni su personalidad. A diferencia del escenario o plataforma, el púlpito es un mueble de un solo uso. Está diseñado para facilitar la predicación de la Palabra. En términos de arquitectura, un verdadero púlpito no es sólo un atril colocado en un escenario. Está en la parte superior de un corto tramo de escaleras. Tiene una puerta. El púlpito es una caja. Por diseño, una vez que el ministro entra en el púlpito no hay lugar donde pueda ir y nada más que deba hacer: predicar la Palabra.

Tradicionalmente, el púlpito estaba ocupado por un hombre ordenado, es decir, un hombre educacionalmente preparado para el ministerio pastoral, con un doble llamado: el primero de Dios y el segundo de la iglesia visible, reconocido por la iglesia, puesto aparte, e instalado en este oficio. Hasta hace relativamente poco, cuando cumplía este aspecto de su vocación, el ministro vestía un atuendo distintivo. En la práctica Presbiteriana Reformada, el ministro llevaba la toga de Ginebra, un manto negro liso (la modificación de la bata académica por Lutero en la década de 1520). La toga no solamente servía para identificar y señalar su oficio (en igual forma que el atuendo del Juez o la bata del médico) si no por el contrario, para oscurecer su personalidad.  No solamente era intercambiable, y bajo ciertas condiciones de luz, para hacerlo casi invisible. El pulpito y el hábito eran lo opuesto a la plataforma. No es mi intención proponer que los predicadores utilicen hábitos o batas. Esto es realmente una cuestión indiferente. El punto aquí se trata de hacer notoria la función para la que servía este atuendo.

Un pastor amigo y yo estábamos hablando el otro día acerca de la diferencia entre los púlpitos y las plataformas (por eso esta reflexión). Por supuesto, cuando hablamos de plataformas en estos días estamos lo más probable es que hablemos metafóricamente. La frase “Él tiene una gran plataforma” significa que una personalidad tiene un cierto grado de reconocimiento con una gran audiencia. Eso se traduce a influir. En términos de negocio se habla de mercadotecnia. En la radiodifusión, hablan de ratings o escalas de valoración. En Internet se trata de clics (descargas) y visitas, cuántas personas llegaron a un sitio y cuántos de ellos hicieron descargas en una página para ver en su dispositivo. Entre más espectadores y clics, mayor será la plataforma.

Una de las más grandes tentaciones del ministerio posmoderno es buscar la transformación del púlpito literal en una plataforma para figurar. Debido a que enseño en un seminario llego a ver el proceso de la formación de ministros desde el inicio, a través de seminario, y hasta el resultado final. Algunos de los graduados se contentan con el púlpito. Ellos no quieren nada más que preparar sermones fieles, que honran a Cristo, predicar bien y con gracia, visitar el rebaño, proporcionar consuelo en el sufrimiento, regocijarse con los que se gozan y llorar con los que lloran. Ocasionalmente, sin embargo, están aquellos que quieren más que eso. Parecen más interesados ​​en una plataforma que en un púlpito.

El Internet ha dado lugar al fenómeno de las realidades duales: predicadores con un tipo de vida real de iglesia y otro, un tipo de marca. Positivamente, algunos predicadores tienen torres altas, grandes púlpitos, y grandes plataformas. El difunto James Montgomery Boice era uno de esos. Fue ministro de la Décima Iglesia Presbiteriana en Filadelfia durante muchos años. Predicó semanalmente pero también escribió con regularidad. De hecho, gastó parte de su semana de descanso lejos de Filadelfia, donde pudo estudiar y escribir. Gran parte de lo que fue publicado fue el material con el que alimentaba a su congregación. Hubo una relación simbiótica entre su predicación y su escritura. En la providencia de Dios, sin embargo, no todos los ministros están destinados a ser un James Boice. El tiempo del ministerio no permite adiciones. Las horas que se empleen en preparar conferencias o libros es tiempo que le resta a pastorear la grey o a preparar o escribir sermones.

El atractivo de la gran plataforma puede ser destructivo. Pienso en Mark Driscoll*. Él es un clásico empresario religioso americano. Él y otros comenzaron una congregación en Seattle que se desarrolló en torno a su personalidad en medio de una gran preocupación que involucró a decenas de miles de personas. Detrás del escenario, sin embargo, con el tiempo, los patrones de comportamiento y formas de tratar a las personas se manifestaron. La plataforma y la marca se convirtieron en una cosa, la realidad de la vida de la iglesia y el ministerio en otra. La marca y la plataforma en Seattle se convirtió en una fachada oscureciendo el deterioro de la infraestructura, que se hizo evidente cuando todo se derrumbó repentinamente. Por supuesto, en la tradición religiosa del empresario viajero, unos pocos años más tarde, Driscoll ha resurgido como el Fenix con una nueva marca que ahora lleva su nombre. Podríamos seguir dando más ejemplos. Jimmy Swaggart** en realidad nunca desapareció, lo que ocurrió fue que su plataforma se hizo menos visible. Jim Bakker*** sigue saliendo en la televisión. Los mercachifles, esos viejos vendedores de baratijas nunca mueren, ellos apenas pierden valor en el mercado.

¿Estoy diciendo que los predicadores no deben escribir blogs, artículos y libros? No. Después de todo, escribo mensajes, artículos y libros. Como maestro estoy obligado a escribir. Es parte del llamado que tengo de la iglesia. Es una expectativa de mi empleador. Empecé a bloguear sólo porque mi iglesia (y otros) me solicitaron que lo hiciera. Puede ser bueno para los pastores investigar y escribir de vez en cuando. Yo digo, sin embargo, que los estudiantes no deben entrar al seminario con la esperanza de convertirse en famosos.  Hay una diferencia entre escribir de vez en cuando y salir deliberadamente a construir una plataforma y una marca. La iglesia difícilmente necesita más personas que usen el púlpito como palanca. Un ministro debe estar contenido cumpliendo con su vocación. Él no debe buscar una plataforma a expensas de su congregación. La búsqueda de una plataforma y una marca cuando su propia congregación está en crisis es como querer un trasatlántico cuando a su propio bote se le entra el agua. Las prioridades están fuera del lugar.

Empezamos a considerar las diferencias inherentes entre las plataformas y púlpitos. También hemos pensado un poco sobre las marcas. Considere esta metáfora. Es algo que un agricultor o ganadero hace al ganado. Una pieza al rojo vivo, formada de hierro se coloca sobre la piel de un ternero marcado de forma permanente. Una marca le dice a los demás a quién pertenece el animal. Los cristianos están marcados en su bautismo. En las iglesias presbiterianas y reformadas confesionales, los ministros son marcados, por así decirlo, cuando se ordenan, cuando se imponen las manos sobre ellos, cuando son apartados para el ministerio y se instalan en su oficio. De ahí la importancia del nombramiento del ministro y por eso hay que recuperar la distinción entre púlpitos y plataformas. Por definición, un ministro es un siervo. Eso es lo que significa la palabra.

Tal vez hace sólo 70 años, no era raro ver las iniciales VDM después del nombre de un ministro. Que representan la expresión latina, Verbi Dei Ministro, servidor de la Palabra de Dios. Esa era la marca del ministro, si se quiere. Por definición, un ministro no tiene la plataforma, sino sólo un púlpito, un lugar para anunciar la Palabra del Rey. Lo mismo sucede con los ministros. Su plataforma es nada. Su marca es nada. Pablo nunca tuvo problemas con las autoridades judías y romanas debido a su plataforma, marca o personalidad, sino debido a su Salvador y su Evangelio. Así debería ser con nosotros. El asunto por el que iba a ser conocido no era él, sino, por tomar una frase, Cristo, su Evangelio, y su iglesia.

Traducción: M.L.

Traducido y usado con permiso de Scott Clark

Tomado de:

https://heidelblog.net/2017/06/a-pulpit-is-not-a-platform/

 

¿Debería Ser Bautizado Otra Vez?

Hace algunos días, me hicieron esta pregunta: ¿Debería ser Bautizado Otra Vez? pero, lo cierto es, que suelen hacérmela muy a menudo. Esto suele ocurrir en el contexto, de una clase con nuevos miembros en la iglesia cuando alguien que, apenas va llegando a una congregación Reformada y que viene de otra congregación diferente a la Reformada, se acerca al pastor para decirle: «Yo fui bautizado por alguien de la universidad, que no fue ordenado al ministerio» o «Fui bautizado por mi vecino» o «en la iglesia Romanista» o «en una congregación Bautista» o «por una persona que en aquel entonces, era apostata de la fe» o «en la iglesia de los Mormones». Y la pregunta que le sigue a estas declaraciones, usualmente es: «¿Debería ser bautizado otra vez?».
La respuesta a esta pregunta, es bastante complicada, puesto que para llegar a ella, uno debe pasar primero por varias “capas”. Una pregunta crucial que uno debe hacerse es, si de verdad fue bautizado del todo. Hasta donde yo puedo decir, el “Re-Bautismo” o el “ser bautizado otra vez”, es algo imposible. Con esto quiero decir que, si el Bautismo no fue llevado a cabo de la manera correcta (es decir, de la manera en que fue instituido por Cristo), no existió tal Bautismo en primer lugar.

Ahora bien, ¿qué es el Bautismo? Es un sacramento[1] de la identificación visible con la muerte de Cristo; es un ritual de muerte; un signo y sello de aquella muerte, que verdaderamente ocurrió en aquellos que creen; un signo y sello de las buenas nuevas de que Cristo, Aquel que obedeció perfectamente a Dios, murió, fue enterrado y resucitó al tercer día. De manera que, todos aquellos que ponen su confianza en la obediencia de Él y no en sus propios méritos, tienen vida eterna; Dios les concede el regalo de la Fe para que puedan creer y, a través de ésta, sean unidos a Él por el Espíritu Santo y son libremente aceptados y declarados justos (justificados) por Dios, únicamente por la obediencia perfecta de Cristo Jesús imputada a su favor.

Las imágenes bíblicas del Bautismo, son actos que se hicieron una vez y que ya no se pueden repetir. Los Israelitas (adultos, niños, familias enteras incluidas en el pacto de Dios con Abraham), fueron «…bautizados en Moisés…» (1 Co. 10:2; es decir, se identificaron ritualmente con él por medio de ese ritual que significa: muerte corporal) en el Mar Rojo, «a pie enjuto» (Literalmente: con los pies secos; Éx. 14:16, 22, 29; 15:19). Definitivamente, esto fue un acto que ocurrió una vez y para siempre. Los Israelitas, estaban muertos; ellos le dieron la espalda al mar. Los ejércitos del Faraón, estuvieron a punto de destruirlos, hasta que el Señor los bautizó a todos y les salvó a través de (no “por”) las aguas divididas del Mar Rojo.
Antes de este episodio, hubo un diluvio (que ya no se repetirá otra vez), en el cual Dios salvó a Su pequeña iglesia a través de (no “por”; 1 Pe. 3:20) las aguas del diluvio; esto fue un ritual que representó la muerte, en el cual el pueblo de Dios, permaneció seco (dentro del Arca) y todos los enemigos del pueblo de Dios, fueron inmersos y ciertamente –no ritualmente- asesinados. Más tarde, los Israelitas pasaron el Río Jordán «en seco» (Jos. 3:17; 4:18, 22). En Romanos 6, Pablo utiliza el Bautismo como una ilustración de nuestra ruptura definitiva, hecha una vez y para siempre, con el pecado y la inauguración de nuestra nueva vida de santificación progresiva por la Sola Gracia, a través de la Sola Fe, en unión con Cristo, por medio de la obra llena de gracia y continúa del Espíritu Santo en los creyentes.

Él enseña exactamente lo mismo, incluso todavía más explícito, en Colosenses 2:11–12, en donde, a fin de explicar la naturaleza de esta ruptura definitiva, él apela a la circuncisión; un ritual tipológico de la muerte que apuntaba a Cristo siendo “cortado” en favor de Su pueblo. Allá en la Cruz, ocurrió una circuncisión, siendo Cristo “cortado” por nosotros, cuando fue hecho inmundo (He. 13) por nosotros fuera del campamento. Este es el por qué Pablo conecta la muerte, la circuncisión y el bautismo en Colosenses 2. Todos ellos son actos que ocurren una sola vez en la vida.

Por eso, Pablo también dice a los Judaizantes[2] que, si la circuncisión es tan poderosa –como aquellos creían-, ellos debían entonces “mutilarse” a sí mismos (es decir, castrarse; Ga. 5:12). Por lo tanto, el Bautismo Cristiano, administrado tal y como lo ordenó Cristo, es aplicar agua conjuntamente con la Palabra de Dios (el Evangelio) en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo por un ministro debidamente ordenado en una verdadera congregación Católica[3] , Evangélica y Reformada; esto es, un congregación que posea las marcas de la Verdadera Iglesia (Confesión Belga, artículo 29). Obviamente, en los Estados Unidos y en el resto del mundo, se administran bautismos por congregaciones, que no cumplen con las marcas de la Verdadera Iglesia; he allí, la dificultad.

Lo cierto es, que no somos los primeros Cristianos en hacernos esta pregunta del re-bautismo. Muchos Cristianos tuvieron que lidiar con este problema, en los siglos cuarto y quinto (años 300 y 400 d.C) en la controversia Donatista. En el año 302 d.C, el emperador de Roma Diocleciano, ordenó la persecución de los Cristianos; algunos de ellos, se negaban a renunciar a su fe y a entregar las Sagradas Escrituras para que fuesen quemadas. Otros, renunciaban a Cristo y entregaban las Escrituras. Luego que finalizó la persecución, estos últimos eran entregados por “traidores a Cristo” para ser asesinados. Estos acontecimientos, dieron lugar a una controversia sobre qué debía pensarse de aquellos que traicionaban a Cristo y no daban testimonio de su fe; especialmente, cuando se eligió a Ceciliano como Obispo (un término moderno, sería “pastor principal”) de Cartago en el 312.

Ceciliano, fue consagrado/dedicado a tal oficio, por otro obispo que había traicionado a Cristo, negándole y entregando las Escrituras bajo la persecución de Diocleciano. A raíz de esto, Donato dirigió un movimiento separatista del cual él fue Obispo desde el 315, hasta su muerte en el 355. Este movimiento de Donato (denominados “Donatistas”), creía que la correcta administración de los Sacramentos (Bautismo y Cena del Señor), dependía del estado espiritual de la persona que los administraba, es decir, que aquellos que habían rechazado a Cristo y entregado las Escrituras al Emperador Diocleciano, eran “traidores”, “inmundos” y, por tanto, no podían administrar dignamente los sacramentos (si algún Sacramento administraban ellos, no era válido). Esta creencia fue atractiva y abrazada por muchos en el Norte de África.

Agustín (354–430 d.C), quien fue Obispo de Hipona, rechazó y contendió enérgicamente contra esta creencia. Eventualmente, la Iglesia Católica[4] adoptó este rechazo del Donatismo de Agustín, y siglos después, Juan Calvino en su rechazo contra los Anabautistas, también citó a Agustín para el mismo propósito. En su obra Institución de la Religión Cristiana, Juan Calvino se refirió a los Anabautistas, a quienes él llamó “Catabautistas” (Κατά /Catá/ del Griego, que significa “en contra de” y Βαπτισμός, /Baptismós/ “Bautismo”) término que Zuinglio (1484–1531) y otros, ya habían usado para describir a los Anabautistas; por cuanto éstos últimos rechazaban el bautismo de los hijos de los creyentes y –como dice Calvino- también los bautismos administrados en la iglesia Romanista.

Es cierto que Lutero, Bucero, Zuinglio, Melanchthon y Calvino, fueron bautizados en la vieja y medieval comunión Papal anterior a la Reforma pero, también es cierto, que ellos y las Iglesias Reformadas después de ellos, aceptaban los bautismos de la iglesia Romana como válidos

«…nos sirve de firme argumento considerar, que no somos bautizados en nombre de ningún mortal, sino en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo (Mt. 28:19); y, por tanto, ese Bautismo no es del hombre, sino de Dios, sea quienquiera el que lo administre. Por más ignorantes e impíos que hayan sido los que nos bautizaron, sin embargo, no lo hicieron en la comunión de su ignorancia e impiedad, sino en la fe de Jesucristo. Porque ellos no nos bautizaron en su propio nombre ni invocaron su nombre, sino el de Dios, y no nos bautizaron en nombre de ninguno otro. Ahora bien, ya que ese Bautismo era de Dios, tuvo sin duda alguna encerrada en sí mismo la promesa de la remisión de los pecados, la mortificación de la carne, la vivificación espiritual y la participación en Cristo. Por tanto, en nada perjudicó a los judíos el ser circuncidados por sacerdotes impíos y apóstatas; ni tampoco por ello el signo de Dios fue dado inútilmente, de manera que fuese necesario repetir la circuncisión; más bien fue un acto suficiente a través del cual, les comunicaba a los participantes que debían volverse a la Verdadera Fuente del Sacramento». [5]

La dignidad de una persona, no valida el Sacramento; más bien son las promesas divinas (el Evangelio) en la Palabra adjuntadas a la señal y sello, que validan el Sacramento. Tal y como Calvino señaló, si abrazamos la creencia Donatista, acabaríamos con la historia de la redención. Este principio Donatista, asumía que ellos podían conocer cosas que en la vida real, nosotros sabemos que no es cierto. Esto es parte de la crítica Reformada de la posición (ana/cata) Bautista: Aunque pospongamos el Bautismo hasta que la persona profese su fe, aun así, conoceríamos únicamente la profesión externa del candidato; puesto que sólo Dios conoce el corazón.

¿Qué pensaríamos de un ministro que no es regenerado y que bautizó a alguien, pero que tiempo después de aquel acto, Dios salva a aquel ministro? ¿Significaría eso que aquel bautismo no fue válido y, por tanto, su próximo bautismo sí será válido ahora que es regenerado? ¿Y qué, si el candidato hubiese descubierto luego de su bautismo, que el ministro no era regenerado y, por tanto, él fue y volvió a ser bautizado ocurriendo esto antes de que Dios salvase al primer ministro que lo bautizó? Luego, en el momento en el que Dios salva al primer ministro, ¿acaso este acto invalidaría el segundo bautismo de aquella persona? Observe el lector, cuán rápida e innecesariamente, se “enreda” este tipo de pensamiento.

Hay personas que me han discutido que el Romanismo posterior al Concilio Vaticano II, con su giro hacia el Modernismo, era más corrupto que el Romanismo de los siglos XV y XVI cuando los Reformadores fueron bautizados; yo lo dudo. La Iglesia Occidental, a principios del siglo XVI, estaba profundamente corrompida desde “la cabeza hasta los pies” (Concilio de Letrán V). La naturaleza de la corrupción puede que haya cambiado pero, el grado de la corrupción, no. En el siglo XVI, los laicos[6] no podían leer las Escrituras en su propio idioma pero, ahora –luego del Concilio Vaticano II- sí pueden. Lo cierto es, que existen tantas versiones de Roma como Romanistas; y todos y cada uno de ellos, eligen aquellos aspectos del dogma[7] de la iglesia al cual se adhieren.

La única cosa que los une es una sumisión externa y formal al Obispo de Roma. En realidad, la estima hacia el Concilio Vaticano II, varía de Papa a Papa. Por ejemplo, Juan Pablo II y Benedicto XVI, buscaron detener la influencia del Concilio Vaticano II, pero Francisco, parece haber determinado de ciertas maneras, defender y promover este Concilio anterior a Juan Pablo II. En esencia, no existe una única iglesia Romanista. Al igual que los Reformadores, no tenemos razones válidas para rechazar los bautismos administrados por la iglesia Romana. ¿Qué acerca de la validez del bautismo llevado a cabo por un Laico? Calvino, trató este problema en tres secciones de su obra La Institución de la Religión Cristiana (Libro IV, capítulo 15, secciones: 19–22).

En la sección 19, él declaró que a pesar de la corrupción que ocasionaron las añadiduras de la iglesia medieval al sacramento (añadiduras que él denominó «pompas y farsas»), aún era un sacramento; todavía era un Bautismo Cristiano Trinitario. En las secciones siguientes, él justamente protesta contra las parteras y otros, que practicaban los denominados “Bautismos de emergencia”. Estos “Bautismos de emergencia”, son impropios porque los que lo administraban, asumían que uno no podía entrar al cielo sin antes ser bautizado; esto es una creencia falsa. El ladrón que estaba colgado en la cruz al lado de Cristo, no fue bautizado y, sin embargo, Cristo le dijo que estaría en el paraíso con Él aquel mismo día.

Imagine el lector por un momento, a una persona que se encuentra en una isla desierta; de repente, se acerca flotando hasta la orilla de la playa, un paquete sellado con una Biblia en su interior. El náufrago, toma la Biblia, comienza a leerla, el Señor lo salva y luego esta persona muere sin ser bautizado por un ministro ordenado. ¡Él estaría con el Señor! El Bautismo es un sacramento santo, un símbolo y sello del pacto de Dios pero, no es ni contiene en sí mismo, la salvación. En este sentido, una etiqueta sobre un recipiente que diga “almuerzo”, no es el almuerzo mismo.

Recientemente, alguien me escribió para preguntarme qué pensar con respecto al caso de una persona que fue bautizada por un (pastor/ líder) Laico, pero que este (pastor/líder) Laico, no era bautizado. Se puede discutir que este laico, estaba sirviendo en favor de una organización, de la cual podríamos decir que le faltaban una o tal vez dos marcas de la Verdadera Iglesia; estas son:

  • La Predicación Pura del Evangelio.
  • La Administración Pura o Correcta de los Sacramentos.
  • La Administración de la Disciplina Eclesiástica.

Podemos decir que faltando una de estas marcas, este ministro laico, estaba actuando en favor de una organización que no tiene relación con la Iglesia Cristiana o en el mejor de los casos, en un cuerpo “paraeclesiástico”. Esto es cierto, incluso en el acto eclesiástico más obvio (por ejemplo, que el ministro es ordenado en una iglesia que carece de una o más marcas). En efecto, esto es lo mismo que el caso del bautismo administrado por un laico que trabaje en la universidad.

Calvino declaró acertadamente que la circuncisión del segundo hijo de Moisés llevada a cabo por Seforá (Éx. 4:25), no es un ejemplo para que los laicos lleven a cabo el Bautismo, sino más bien, que ella realizó una circuncisión que nunca más iba a repetirse. Aquello fue un acto irregular, no común. Calvino escribió que Seforá fue presuntuosa; quizás, la narrativa presenta a Seforá, como si ella le hubiese salvado la vida a Moisés. Es un evento oscuro del cual es arriesgado concluir mucho pero, sí ilustra un buen ejemplo irregular de una administración del sacramento para admisión a la comunidad visible del pacto.

Desde mi punto de vista, asumiendo que los bautismos son llevados a cabo por personas Cristianas conscientes (obviamente, no pueden ser Mormones o de alguna otra secta falsa), entonces tales bautismos, deberían ser tenidos como “irregulares” pero son administraciones válidas a fin de cuentas. Decir que no son Bautismos, nos lleva peligrosamente a la creencia Donatista. Es mejor que los Bautismos sean administrados regularmente por ministros debidamente ordenados, bajo un mandato eclesiástico en una verdadera Iglesia y que el procedimiento para el Bautismo, se lleve a cabo tal y como lo ordenó Cristo, sin corromper Sus órdenes. De otra manera, no existió tal Bautismo en primer lugar. Calvino, aunque se opuso al abuso de bautismos administrados por Laicos, no rechazó tales bautismos del todo como si fuesen inválidos. El bautismo administrado por un Laico, es irregular pero sigue siendo válido (esto está implícito: siempre que lo administre de la manera en que Cristo lo instituyó) [8].

En resumen: ¡No desee Usted ser bautizado de nuevo! Si ya fue bautizado una vez, no desee hacerlo de nuevo; únase a una congregación que tenga las marcas de la Verdadera Iglesia y sométase a su gobierno y disciplina. Aquellos que han sido bautizados de manera irregular, esto es, por algún trabajador de la universidad o cualquier otro Laico, no deberían dudar de su Bautismo. ¿Qué tan lejos debemos llegar en nuestras convicciones anti-Donatistas? ¿Qué acerca del “bautismo” administrado por los Mormones? A mí se me ha objetado que los Mormones sí pronuncian el nombre Trino pero, ellos niegan en la práctica, la doctrina Cristiana de la Trinidad. Ellos re-definen la Trinidad, diciendo que Dios es Uno en cuanto a voluntad o propósito pero, que no lo es en esencia. Que el Dios Trino es Uno en esencia, es la enseñanza del Credo de Atanasio, por ejemplo.
Por lo tanto, aunque los Mormones empleen agua en su bautismo y aunque utilicen palabras de la doctrina Cristiana, no es un bautismo; no es válido. Esto nos lleva a decir que, cuando una persona se convierte del Mormonismo al Cristianismo, el bautismo que él reciba, no será un “segundo bautismo” porque en primer lugar, nunca fue bautizado de la forma instituida por Cristo.

Es cierto que tanto el ministro Cristiano como la (regadera / ducha), ambos derraman agua sobre la cabeza de alguien pero, eso no significa que ambos son bautismos. Todas estas preguntas realizadas al principio son difíciles pero, la posición anti-Donatista, es la correcta. El estatus espiritual de alguien, no define un sacramento; tampoco lo hace el que una persona haya sido ordenada. Sin embargo, aún estamos obligados a decir que los Laicos, no deben actuar presuntuosamente. Ellos no están autorizados por Dios para administrar los sacramentos; la administración, pertenece a la Iglesia visible e institucional. Jesús, no comisionó a cada creyente a predicar, evangelizar y a administrar el Bautismo (Mt. 28:18–20).

Él autorizó y ordenó a la Iglesia visible e institucional, para hacer estas cosas. Pero, si alguien de forma irregular predica y las personas abrazan la obediencia de Cristo a su favor y ya no su obediencia propia, ¡bendito sea Dios! A través de este acto, no podemos decir que el mensaje no fue enviado y que el Espíritu Santo no usó ese mensaje para traer vida nueva y fe verdadera. ¿Cuál cuerpo eclesiástico envió Billy Graham? ¿Acaso estamos negando que Dios el Espíritu Santo usó a Graham para, a través de su predicación, salvar personas? No. ¿Fue la predicación de Graham algo irregular? Sí. ¿Acaso debió él haber ido sin mandato eclesiástico y sin supervisión? No. Esto es la distinción entre lo que es y lo que debe ser.

…cuando viene a nosotros un cismático o un hereje, para hacerse católico, procuramos abolir con la disuasión y la refutación su cisma y su herejía; pero lejos de nosotros atentar contra los sacramentos cristianos que encontramos en ellos, y contra cualquier verdad que conserven; lejos de nosotros reiterar lo que reconocemos debe darse sólo una vez, no sea que, preocupados por los vicios humanos, condenemos las medicinas divinas, o buscando curar lo que no está herido, vayamos a herir al hombre enfermo precisamente en la parte sana. Augustinus, El único bautismo (Réplica a Petiliano) III,4.
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Notas:

[1] La palabra “Sacramento” en nuestro Español, proviene del Latín Sacramentum (que tradujo Jerónimo en la Vulgata), y ésta a su vez, proviene de la palabra Griega μυστήριον /mustérion/ del Nuevo Testamento (Ef. 1:9; 3:3, 9; 5:32; 1 Ti. 3:16; Ap. 1:20). Morfológicamente, Sacramentum, es una derivación del verbo sacrare (hacer santo) mediante el sufijo denominalizador mentum (instrumental, “medio para”), esto es, Sacramentum, equivale gramaticalmente a: instrumento para hacer santo. Este vocablo, se usaba a la llegada del cristianismo a Roma, para designar un juramento de los soldados romanos de servicio incondicional al ejército imperial. En cuanto a μυστήριον, se refiere a lo que hoy en día llamamos con la palabra “misterio” o “algo que es secreto”. El Griego bíblico, hace referencia a lo que, estando fuera de la comprensión natural, puede ser conocido solo por revelación divina. (Nota del traductor).

[2] Como los Judaizantes exigían que los Gálatas convertidos del paganismo recibieran la circuncisión, Pablo alude irónicamente a la castración ritual practicada por los sacerdotes de la diosa Cibeles. (Comentario a Gá. 5:12 de la Cantera — Iglesias)

[3] La palabra “Católico”, es una transliteración de la palabra Griega Καθολικός /cazolicós/ y significa literalmente: “Algo que está disperso por todo el mundo y, por tanto, no está limitado a un país, región, pueblo, etc. y además que siempre ha existido y nunca dejará de existir”. Aplicando este concepto a la Iglesia de Cristo, decimos que es “Católica”, porque no está limitada solamente a Roma (no hay Cristianos solamente en Roma) sino que está dispersa por todo el mundo, siempre ha existido y siempre existirá (hay cristianos en otros países aparte de Roma; siempre han existido y siempre –por la gracia de Dios- existirán). De manera que el lector no debe asociar la palabra “Católico” exclusivamente con la Iglesia Romana; porque no es así. De hecho, la palabra “Católico Romano”, es una contradicción de términos. En Ap. 5:9, aparece el concepto de la “Catolicidad” de la Iglesia. Las iglesias de la Reforma del siglo XVI reclamaron esta palabra para que se devuelva el sentido original de la misma. Nosotros ciertamente creemos en la santa fe católica enseñada en las Sagradas Escrituras y confesada por verdaderas iglesias en todo momento y lugares. (No en la definición romana que hace referencia a la comunión y sujeción al obispo romano. ) . (Comentario del traductor).

[4] Considerar comentario en la nota anterior, sobre la palabra “Católico”

[5] Institución de la Religión Cristiana. Libro IV. Capítulo 15. Sección 16.

[6] Los λαϊκός-laicos , eran y son las personas que no están o no fueron ordenadas o consagradas para ejercer el oficio de ministros en la Iglesia. (Nota del traductor).

[7] Proviene del verbo Griego δόγμα /dógma/ que aparece en la Septuaginta y en el Nuevo Testamento, cuyo significado es: mandatos firmes en la esfera de la conducta práctica; decretos gubernamentales (Ester 3:9; Daniel 2:13; 6:8–10; Lucas 2:1); regulaciones apostólicas (Hechos 16:4) y ordenanzas mosaicas (Colosenses 2:14; Efesios 2:15). Para más información, consultar Introducción a la Teología Sistemática de Louis Berkhof (Nota del traductor).

[8] Lo escrito entre paréntesis, fue agregado por el traductor, como algo que el Dr. R. Scott Clark ya da por sentado.

Trans. Jose Covalky and Andrés García.

El Israel De Dios

por R. Scott Clark, 2001.

Introducción
Hay mucho más concerniente a los “tiempos del fin” o últimas cosas (Escatología) de lo que nosotros decimos que realmente sucede en los últimos días. Nuestra escatología depende estrechamente de nuestra visión de lo que Dios está haciendo en la historia.

En el centro del debate está la cuestión del “Israel de Dios” (Gálatas 6:16). Por supuesto, esta no es una cuestión nueva. Durante el ministerio terrenal del Señor y después de su resurrección y antes de su ascensión, los discípulos le preguntaron repetidas veces, “Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo?” (Hechos 1:6).

En efecto, había una extendida creencia rabínica y popular de que el Mesías debía de ser un personaje político-militar poderoso de fuerza y destreza Davídica — “David hirió a sus diez miles” (1 Samuel 18:7). Juan 6:14-15 dice,

Aquellos hombres entonces, viendo la señal que Jesús había hecho, dijeron: “Éste verdaderamente es el profeta que había de venir al mundo.” Pero entendiendo Jesús que iban a venir para apoderarse de él y hacerle rey, volvió a retirarse al monte él solo.”

No se trataba, como algunos lo entienden, de que no fuera el tiempo, sino más bien de que un reino terrenal era contrario a sus propósitos. De nuevo, al final de su vida, durante su entrada triunfal, no vino a establecer un reino terrenal sino a cumplir las profecías, “No temas, Oh Hija de Sión; mira, he aquí tu rey viene, sentado sobre un pollino hijo de asna” (Juan 12:15; Isaías 40:9; Zacarías 9:9).

Jesús les había enseñado a los discípulos y a otros que él no había venido a establecer un reino terrenal como ellos esperaban, sino que había venido a traer salvación del pecado. Al final, cuando “los hombres de Israel” no pudieron tolerar más su rechazo a someterse a la escatología de ellos, su plan para la historia, le crucificaron. Las Escrituras dicen,

De esta manera también los principales sacerdotes, escarneciéndole con los escribas y los fariseos y los ancianos, decían: “A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar; si es el Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, y creeremos en él.” (Mateo 27:41-42).

Es también triste el hecho de que muchos cristianos estén de acuerdo con los principales sacerdotes y los maestros de la ley. El Dispensacionalismo ha sostenido por mucho tiempo que los fariseos tenían el método correcto de interpretar la Biblia, sólo que llegaron a conclusiones equivocadas.

El Dispensacionalismo-Premilenialismo cree que Dios le hizo la promesa a Abraham (Génesis capítulos 15 y 17) de que le daría un pueblo terrenal y nacional de manera que, según el Dispensacionalismo, siempre ha sido la intención de Dios tener tal pueblo, y si los Judíos rechazaron la primera oferta (¡o Jesús rechazó sus términos!) habrá de haber un reino, Judío, Palestino, en el milenio.

De acuerdo con el Dispensacionalismo, Dios estaba tan comprometido con la creación de ese pueblo terrenal y nacional que esta fue la principal razón de la encarnación, nacimiento y ministerio de Cristo. Si ellos hubieran aceptado su oferta de un reino terrenal, Jesús no hubiera muerto. En este esquema, la muerte salvadora de Jesús en la cruz es un feliz sub-producto del plan de Dios para un Israel nacional.

Es también un artículo de fe entre muchos Premilenialistas el que la creación de un estado Israelí moderno, en Palestina en 1948, sea una confirmación providencial de su reclamo de que los Judíos son el pueblo terrenal y nacional de Dios, y más aún, que Dios continua obrando en la historia en dos trayectorias diferentes, con un pueblo Judío terrenal y con un pueblo Cristiano espiritual.

Esta manera de proceder, de todas formas, está cargada de dificultades. En primer lugar, esta forma de leer los sucesos contemporáneos es muy incierta. ¿Quién de entre nosotros sabe de forma certera el sentido exacto de la providencia? Si un ser querido tiene cáncer, ¿deberíamos especular sobre qué pecado lo causó? Nuestro Señor nos advirtió contra el intentar interpretar la providencia (Juan 9). Si no podemos ni tan sólo intuir el significado de providencias relativamente pequeñas, ¿cómo vamos a interpretar el sentido de providencias mayores? ¿Quién dice que deberíamos centrarnos en un estado israelí? ¿No debiéramos más bien centrarnos en la difícil situación que viven los cristianos palestinos, quienes han sufrido mucho en manos de Judíos y Musulmanes, y en especial desde la formación del Israel moderno?

Aunque resulte emocionante pensar que Dios pueda estar haciendo algo espectacular en nuestros días, da temor pensar que nuestra codicia de emociones no es mejor que el clamor de aquellos israelitas que dijeron, “danos a Barrabás”. Bien pudiera ser que la locura de los últimos tiempos que estamos presenciando, primero a finales de los 70, y de nuevo durante la guerra del Golfo y de nuevo en estos últimos años, sea realmente una búsqueda de certeza. Así como las últimas generaciones apartaron sus ojos de la predicación del evangelio y la administración de los sacramentos, en favor de los avivamientos, nuestra generación parece inclinarse por encontrar confirmación para su fe en el ser testigos presenciales del final de la historia. El hecho es que los cristianos a menudo han pensado la misma cosa, y han estado equivocados.

Recuerda que después del Monte de la Transfiguración (Mateo 17:1) donde Moisés y Elías aparecieron ante su Señor, los discípulos salpicaron a Jesús con preguntas sobre un reino Mesiánico terrenal, sobre si Elías aún había de venir. Jesús les respondió diciendo,

“A la verdad, Elías viene primero, y restaurará todas las cosas. Mas os digo que Elías ya vino, y no le conocieron, sino que hicieron con él todo lo que quisieron; así también el Hijo del Hombre padecerá de ellos. Entonces los discípulos comprendieron que les había hablado de Juan el Bautista.” (Mateo 17:11-13).

Jesús siempre tiene la intención de predicar la llegada del Reino (“…el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio. Marcos 1:15), morir por los pecadores, y gobernar su reino desde donde ahora está, a la derecha del Padre (Hechos 2:36).

Más tarde, en Mateo 19:27-30, después de haber oído las enseñanzas de Jesús sobre la verdadera naturaleza del Reino, Pedro preguntó de nuevo la pregunta del Reino, “He aquí, nosotros lo hemos dejado todo, y te hemos seguido; ¿qué, pues, tendremos?”, a lo cual Jesús respondió,

“De cierto os digo que en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, vosotros que me habéis seguido también os sentaréis sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel. Y cualquiera que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna. Pero muchos primeros serán postreros, y postreros, primeros.”

Nuestros hermanos Premilenialistas interpretan esto como promesa de un reino Judío terrenal, pero Jesús entendió el Reino de una forma bastante diferente. Las parábolas que vienen a continuación precisamente enseñan que Dios no está estableciendo un reino Judío terrenal, sino más bien que “el último será primero, y el primero será último” y que

“el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y le condenarán a muerte; y le entregarán a los gentiles para que le escarnezcan, le azoten, y le crucifiquen; mas al tercer día resucitará.” (Mateo 20:18).

Jesús fue incluso aún más claro con la madre de Santiago y Juan, que andaba buscando trabajo para sus hijos: “Ordena que en tu reino se sienten estos dos hijos míos, el uno a tu derecha, y el otro a tu izquierda.” (Mateo 20:21). Él la reprendió diciéndole que no sólo no iba a establecer un reino terrenal, sino que además iba a sufrir y morir y que ellos iban a sufrir y morir por causa de él, porque “el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.” (Mateo 20:28).

Por lo tanto, no podemos estar de acuerdo con el argumento del Dispensacionalista Clarence Larkin, cuando interpreta las palabras de Jesús,

“No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad; pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.” (Hechos 1:7-8).

no como una reprensión hacia los discípulos por haber estado buscando un reino terrenal, sino tan sólo como una advertencia a seguir esperando el reino en la tierra.

Mas bien, Jesús no vino para formar en la tierra un reino Judío ahora o más tarde, sino que su intención fue tan sólo redimir a todo su pueblo por medio de su muerte en la cruz, y gobernar a las naciones con vara de hierro en su ascensión hasta su regreso en juicio.

Mi argumento es que el propósito principal de Dios en la historia ha sido siempre el de glorificarse a sí mismo por medio de la redención de un pueblo formado por gentes de todos los tiempos, lugares y de todas las razas, cuya gracia Él ha administrado desde la caída, en la historia en una iglesia visible e institucional, representados por Adán, Noé, Abraham, Moisés, David y ahora Cristo.

Por lo tanto la premisa de que la intención de Dios ha sido la de establecer una nación Judía permanente o milenial es justo al contrario. Nuestros hermanos Dispensacionalistas confunden lo que es temporal con lo que es permanente, y lo permanente con lo temporal.

La Palabra de Dios nos enseña que Jesús es el verdadero Israel de Dios, que su encarnación, obediencia, muerte y resurrección no fue un sub-producto del rechazo de Israel a la oferta de un reino terrenal, sino el cumplimiento del que fue el plan de Dios desde toda la eternidad. Esto es lo que Jesús les dijo a los discípulos en el camino a Emaús. Uno de ellos dijo, “nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel.” En respuesta nuestro Señor les dijo,

“¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria? Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían.” (Lucas 24:25-27).

El apóstol Pablo resumió esta misma enseñanza cuando les dijo a los corintios que no importa cuántas promesas Dios os haya hecho, “todas son Sí en Cristo” (2 Corintios 1:20).

Definición de Pacto
No podemos comprender lo que Dios está haciendo en la historia si no entendemos uno de los conceptos más importantes de las Escrituras: pacto. Esta es una palabra muy frecuente en la Biblia (294 veces). El pacto describe la forma en que Dios se relaciona con sus criaturas. Es un juramento que compromete a ambas partes y en el cual hay condiciones, bendiciones por la obediencia y maldiciones por la desobediencia así como señales y sellos del juramento.

Ley y Evangelio: Pacto de Obras y Gracia
Dios hizo el primer pacto en la historia humana, un pacto de obras, con el primer hombre en el paraíso. La bendición prometida a cambio de mantener el pacto fue que Adán y toda la humanidad entrarían en la gloria (“come… y vive para siempre,” Gen 3:22); la maldición por romper el pacto era la muerte (“de cierto morirás,” Gen 2:17). La condición del pacto es que Adán se abstuviera de comer del árbol del conocimiento del bien y del mal (Gen 2:17). Las señales del pacto fueron el árbol del conocimiento del bien y del mal y el árbol de la vida (Gen 2:9).

Como ya sabes Adán falló en la prueba, y como Pablo dice “el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.” (Romanos 5:12). Todos nosotros hemos nacido bajo este pacto de obras.

El segundo pacto de la historia fue también hecho por nuestro Dios con nuestro padre Adán. Este pacto, sin embargo, no fue un pacto de Ley; más bien fue un pacto de Evangelio. Este es un juramento que compromete a ambas partes y en el cual hay condiciones, bendiciones por la obediencia y maldiciones por la desobediencia así como señales y sellos del juramento.

En el pacto de gracia, Dios prometió bajo juramento la venida de un Salvador (“la simiente de la mujer”) quien heriría en la cabeza a la simiente de la serpiente cuando la serpiente hiriera su talón (Gen 3:14-16).

La bendición de este pacto es la vida eterna (el árbol de la vida) y la maldición por romper el pacto continúa siendo la muerte. El Evangelio de este pacto es que hay un Salvador que guardará los términos del pacto de obras y que los pecadores se beneficiarán de ello.

Hay tres cosas que han de ser dichas sobre las condiciones relativas al pacto de gracia:

1. En cuanto a la causa de nuestra justificación, el pacto de la gracia es incondicional. Dios no acepta pecadores por otra razón que no sea la justicia de Cristo imputada sobre ellos por gracia.

2. En cuanto al instrumento de nuestra justificación, la fe salvadora, regalo de Dios (Efesios 2:8-10), es la única condición del pacto. La fe es pasiva (la recibimos de Dios) y orientada hacia Cristo. Esto es lo que los Reformadores Protestantes querían decir con sola fide.

3. En cuanto a la administración del pacto de la gracia, podemos decir que las condiciones del pacto son aquellos medios por los cuales Dios habitualmente hace pasar a los pecadores de muerte a vida, o sea, la predicación del Santo Evangelio, y aquellos medios de gracia por los cuales Él confirma sus promesas y fortalece nuestra fe: los santos sacramentos. La obediencia cristiana no es ni base ni instrumento de nuestra justificación ante Dios, sino el fruto y la demostración de la obra de Cristo por y en nosotros.

En la historia de la salvación, este mismo pacto del Evangelio que Dios hizo con Adán fue renovado con Abraham, pero la promesa se volvió a establecer, “Yo seré vuestro Dios, y el de vuestros hijos.” La señal del pacto en Génesis 15 fue el cortar los animales y como condición permaneció la fe. Por esta razón las Escrituras dicen, “Y Abraham creyó a Jehová, y le fue contado por justicia.” (Gen 15:6).

En Génesis 17:10-14 la circuncisión viene a ser la señal de iniciación al pacto de la gracia. El pacto y la señal están tan íntimamente relacionados que el Señor llama a la señal de la circuncisión “mi pacto”.

El pacto de obras no desapareció sin más de la historia de la salvación. Más bien vemos que el pacto de obras se repite a lo largo de las Escrituras, cada vez que la Ley es leída y Dios reclama a los pecadores una justicia perfecta, p.e. “Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas.” (Gal 3:10). Cuando Jesús dijo al joven rico, “haz esto, y vivirás” (Lucas 10:28) él estaba repitiendo el pacto de obras.

De igual manera el pacto de la gracia es repetido a lo largo de la historia de la redención, siempre que Dios dice, “Yo seré vuestro Dios, y vosotros seréis my pueblo” Él está repitiendo la promesa hecha a Adán. Dios repitió esta promesa del evangelio a Noé, Abraham, Isaac, Jacob, David, Moisés, finalmente la cumplió en Cristo y luego nos la repite a nosotros a través de los Apóstoles, como vemos en Hechos 2:39.

Estos dos pactos unifican toda la Escritura. Todos los seres humanos están muertos en sus delitos y pecados y todos aquellos que son salvos están en el pacto de la gracia.

El Antiguo Pacto (Mosaico)
Muchos creyentes en la Biblia asumen que cada suceso que tuvo lugar en la historia de la salvación antes de la encarnación y muerte de Cristo pertenece al Antiguo Testamento, y muchos de ellos asumen que desde la encarnación, las Escrituras del Antiguo Pacto ya no se aplican ni hablan a los Cristianos. De hecho, algunos Dispensacionalistas incluso consideran que algunos libros del Nuevo Testamento no se aplican a los Cristianos de hoy, porque fueron escritos para aquellos que son Judíos de etnia. Hace apenas unos años, oí decir a un pastor Dispensacionalista en Navidades que “el problema de los Evangelios es que el Evangelio no se encuentra en los Evangelios.”

Las Escrituras mismas, de todos modos, refutan tales ideas. El apóstol Pablo en 2 Corintios 3:12-18 define el “Antiguo Pacto” como Moisés lo hizo, en un sentido general en los libros de Moisés y particularmente en las leyes Mosaicas (vv. 14-15). En Hebreos 7:22, Jesús es la garantía de un pacto mejor que el que fue dado a los Israelitas. Más adelante, en 8:6-13 al contrastar el Nuevo Pacto con el Antiguo, restringe el Pacto Antiguo a la época Mosaica de la historia de la salvación. Hace de nuevo la misma distinción en 9:15-20. Luego, estrictamente hablando, el Viejo Pacto describe el pacto que Dios hizo con Israel en Sinaí. Por lo tanto, no todo lo que ocurrió en la historia de la salvación, antes de la encarnación, pertenece al Pacto Antiguo. Esto es importante, porque el Viejo Pacto es descrito en el Nuevo Testamento como “inferior” (Hebreos 8:7), “obsoleto”, “viejo” (8:13) y que su gloria está “desapareciendo”.

En este sentido, otro factor importante a tener en cuenta sobre el Pacto Antiguo es que fue temporal y típico de forma intencionada. Colosenses 2:17 describe las leyes ceremoniales mosaicas (Viejo Pacto) como “sombras” de las cosas que habían de venir. Hebreos 8:5 describe el Templo terreno como “tipo y sombra” del templo celestial. La ley Mosaica en sí misma, fue tan sólo una “sombra” del cumplimiento que vino con Cristo.

El Nuevo Pacto
Con la muerte de Cristo, su resurrección y ascensión la promesa que Dios hizo a Adán y repitió a Abraham permanece, pero las circunstancias han cambiado. Nosotros, quienes vivimos a este lado de la cruz, vemos las cosas de diferente manera porque vivimos en los días del cumplimiento. En términos bíblicos, vivimos en los “últimos días” (2 Pedro 3:3; Santiago 5:3; Hebreos 1:2; Hechos 2:17).

Todo el propósito del Antiguo Pacto fue el de dirigir la atención hacia arriba, hacia realidades celestiales (Ex 25:9; Hechos 7:44; Heb 8:5) y hacia adelante en la historia hacia el sacrificio de Jesús en la cruz. Las viejas señales, la Pascua y la circuncisión, así como los demás sacrificios sangrientos y ceremonias han sido substituidos. Aunque aún vivimos en una relación de pacto con Dios, y las imágenes sangrientas de Cristo han sido reemplazadas por señales no sangrientas (recuerdos) y sellos.

Así como Dios hizo un pacto con Abraham, Él prometió que más tarde vendría un Nuevo Pacto (Jer 31:31). Dios hizo este Nuevo Pacto en la sangre del Señor Jesucristo (Lucas 22:20). El Señor Jesús de forma específica y consciente estableció “el Nuevo Pacto”. El apóstol Pablo dijo de sí que él era “un siervo del Nuevo Pacto” (2 Cor 3:6). ¿Cómo puede ser si no hay sino un solo Pacto de la Gracia? El Nuevo Pacto es nuevo si lo comparamos con Moisés, pero no si lo comparamos con Abraham.

Este es el tema de Gálatas 3:1-29; 4:21-31, y 2 Corintios 3:7-18 donde Pablo dice que la gloria del Viejo Pacto estaba desapareciendo, pero que la gloria del Nuevo Pacto es permanente. El mensaje de los capítulos 3 al 10 de Hebreos es que el Viejo Pacto (bajo Moisés) fue preparatorio del Nuevo Pacto. El tema fundamental de Hebreos 11 es que Abraham tuvo una fe del Nuevo Pacto, esto es, anticipó una ciudad celestial y la redención que tenemos en Cristo (Hebreos 11:10).

Israel Definido
A Jacob Yo He Amado

Hubo pues un Israel antes del Pacto Antiguo. Israel fue el nombre dado a Jacob. Esta es la primera vez que la palabra “Israel” aparece en las Escrituras, como conclusión a la historia de la lucha de Jacob (Gen 32:21-30).

Después de haber pasado la noche luchando con un hombre anónimo, y “cuando el hombre vio que no podía con él” (v.25), Jacob le pidió una bendición. A cambio, el luchador le puso a Jacob el nuevo nombre de Israel, el cual él definió como “luchas con Dios y con los hombres.”

Así pues, en la historia de la salvación, todos aquellos que provienen del patriarca Jacob son, en un amplio sentido, “Israel”. Tan sólo dos capítulos después el término “Israel” es usado para describir el lugar y nombre de los hijos de Abraham, Isaac y Jacob (34:7). En Padam Aram, Dios de nuevo le bendice y le llama a Jacob “Israel” (35:9-10) y repite la promesa hecha a Abraham de ser Dios para Abraham y para sus hijos.

Todo esto parece apoyar la idea de que Israel significa “aquellos que físicamente descienden de Jacob.” A excepción de que Jacob no es el principio de la historia. Antes de que hubiera un Israel ya hubo un Abraham y su milagroso hijo, Isaac (Rom 9), y antes de Abraham, dice Jesús, “YO SOY” (Juan 8:58). Fue a Abraham a quien Dios prometió “Yo seré tu Dios, y tú serás mi pueblo.” En efecto, Jesús les enseñó a los Judíos en Juan 8 que fue él quien hizo la promesa a Abraham (Juan 8:56). Recuerda también que el primer cumplimiento de esa promesa no vino por “voluntad de varón”, sino por el poder soberano de Dios al permitirle a Sara concebir en su anciana edad. Todos estos son factores importantes a recordar cuando nos acerquemos a la respuesta de Pablo a la pregunta ¿Quién es el Israel de Dios?

Israel, Mi Hijo

En el Éxodo de Egipto Dios constituyó a los hijos de Jacob colectivamente como su “hijo”.

“Jehová ha dicho así: Israel es mi hijo, mi primogénito. Ya te he dicho que dejes ir a mi hijo, para que me sirva, mas no has querido dejarlo ir; he aquí yo voy a matar a tu hijo, tu primogénito.” (Ex 4:23).

Esta no es una declaración casual, sino una descripción deliberada del pueblo nacional. Los hijos de Jacob no son el Hijo de Dios por naturaleza, sino por adopción. Moisés niega que hubiera ninguna cualidad inherente en Israel que hiciera a los hijos de Jacob merecedores de ser llamados el pueblo de Dios.

“No por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido Jehová y os ha escogido, pues vosotros erais el más insignificante de todos los pueblos; si no por cuanto Jehová os amó, y quiso guardar el juramento que juró a vuestros padres, os ha sacado Jehová con mano poderosa, y os ha rescatado de servidumbre, de la mano de Faraón rey de Egipto.” (Dt 7:7-8)

De acuerdo con este pasaje hay dos razones por las cuales Dios escogió a Israel, Su amor inmerecido y la promesa hecha a Abraham.

Israel Extraviado
Israel, sin embargo, no era hijo natural de Dios. Esto se vio claramente en el desierto, en Canaán y finalmente en la expulsión cuando Dios cambió el nombre de su “hijo” Israel por “Lo-ammi, no mi pueblo” (Oseas 1:9-10).

Dios desheredó a su “hijo” adoptado, temporal y nacional, Israel, como pueblo nacional precisamente, porque jamás fue la intención de Dios tener un pueblo terrenal permanente. Tras el cautiverio, ellos ya habían cumplido ampliamente su papel en la historia de la salvación. Como señal de este hecho, el Espíritu-Gloria partió del templo. Esto sucedió porque su principal función fue la de servir como modelo y sombra del hijo natural de Dios, Jesús el Mesías (Hebreos 10:1-4).

Jesús, el Israel de Dios
La tesis de este ensayo es que Jesús es el verdadero Israel de Dios y que todo aquel que esté unido a él, sólo por gracia, sólo por medio de la fe, viene a ser por virtud de esa unión el verdadero Israel de Dios. Esto significa que es erróneo buscar, esperar, anhelar o desear una reconstitución de un Israel nacional en el futuro. La Iglesia del Nuevo Pacto no es algo que Dios instituyó hasta que Él pudiera volver a crear un pueblo nacional en Palestina, sino que más bien Dios sólo tuvo un pueblo nacional temporalmente (desde Moisés hasta Cristo) como preludio y avance de la creación del Nuevo Pacto en el cual las distinciones étnicas que hubo bajo Moisés fueron completadas y abolidas (Efesios 2:11-22; Colosenses 2:8-3:11).

Mateo 2:15
En el texto Hebreo la expresión “fuera de Egipto” ocurre más de 140 veces. Esta es una evidencia más de la existencia de un Israel nacional. Cuando Dios dio la Ley dijo, “Yo soy Yahvéh tu Dios quien te sacó de la tierra de Egipto.” Eran un pueblo redimido que pertenecía a su Salvador.

Esto es aún más significativo cuando Mateo 2:15 cita Oseas 11:1. La Escritura dice,

Y él, despertando, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto, y estuvo allá hasta la muerte de Herodes; para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta, cuando dijo: “De Egipto llamé a mi Hijo.”

Herodes estaba a punto de descargar su rabia sangrienta contra los primogénitos de los Judíos. La interpretación inspirada que Mateo hace de las Escrituras Hebreas debe regular nuestra interpretación de las Escrituras, y según la interpretación de Mateo nuestro Señor Jesús es el verdadero Israel de Dios, no el pueblo temporal y nacional de Israel. En efecto, no es nada exagerado decir que la única razón por la cual Dios orquestó el primer Éxodo fue para poder orquestar el segundo Éxodo y que así pudiéramos conocer que Jesús es el verdadero Hijo de Dios y que todos los cristianos son el Israel de Dios sin considerar su etnia.

Dado que Jesús es el verdadero Israel de Dios, por eso en su infancia y de hecho en toda su vida, recapituló la historia del Israel nacional. Todo aquello que el Israel nacional rebelde no haría, Jesús lo hizo: Él amó a Dios con todo su corazón, su alma, su mente y sus fuerzas y a su prójimo como a sí mismo (Mateo 22:37-40).

Gálatas 3:16
De forma similar, el apóstol Pablo argumenta muy claramente que las promesas hechas a Abraham tienen su cumplimiento en Cristo. Gálatas 3:16 dice,

“Ahora bien, a Abraham fueron hechas las promesas, y a su simiente. No dice: Y a las simientes, como si hablase de muchos, sino como de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo.”

Pablo explica lo que quiere decir. Las promesas hechas a Abraham fueron promesas del evangelio del Nuevo Testamento. Fueron dadas antes de Moisés y fueron cumplidas en Cristo. Jesús es el verdadero hijo de Abraham, él es “la simiente” prometida a Abraham.

El propósito de la Ley dada a Moisés fue el enseñar al Israel nacional y a nosotros la seriedad de nuestro pecado y nuestra miseria (Gálatas 3:22). La Ley administrada a través de Moisés no cambió fundamentalmente la promesa del evangelio dada a Abraham (3:17-20). El Nuevo Pacto no es si no el cumplimiento y la renovación del Pacto con Abraham, y el Pacto con Abraham no fue más que el cumplimiento y la renovación del pacto de Gracia hecho con Adán después de la caída.

Jesús, el Salvador de Israel

Hechos 13:23
Parte de la confusión que conlleva el tema del plan de Dios en la historia, y por lo tanto parte de la razón por la cual los cristianos están tan confundidos sobre el plan de Dios para el futuro de su pueblo, viene porque muchos no comprenden qué vino a hacer Jesús por el Israel nacional. Jesús no vino a establecer un reino Judío terrenal y nacional, sino que vino a ser su Salvador y el Salvador de todo el Pueblo de Dios, fueran judíos o gentiles.

Nuestro Señor, antes de su encarnación, se identificó a sí mismo con Israel a través del profeta Isaías (43:3) como “el Santo de Israel”, su “Salvador.” Este es el mismo asunto que el apóstol Pedro trató en su gran sermón de Pentecostés, que David no es el Rey, ya que está muerto. Jesús, puesto que vive, es el Rey y fue sobre Jesús que David profetizó (Hechos 2:19-34).

Más tarde, en otro sermón, Pedro dijo que Dios había ahora “exaltado” a Jesús “a su propia mano derecha como Príncipe y Salvador, para que pudiera darle a Israel arrepentimiento y perdón de pecados.”

Los Hijos de Abraham

Con todo este trasfondo, ahora estamos en situación de responder a las preguntas, “¿Quiénes son los hijos de Abraham?” y “¿Quién es el Israel de Dios?” Jesús dijo,

“Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que yo soy, y que nada hago por mí mismo, sino que según me enseñó el Padre, así hablo. Porque el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada.” (Juan 8:28-29).

Él continuó diciendo que “Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.” (vv.31-32) a lo que ellos responden señalando que ellos son descendencia física de Abraham (v.33).

A esto Jesús responde, “Si fueseis hijos de Abraham, las obras de Abraham haríais” (v.39). Esta es pues la definición que el Señor hace de un hijo de Abraham, un Judío, o Israel: Quien hace las cosas que Abraham hizo. ¿Y qué hizo Abraham? Según Jesús, “Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó” (v.56). Según Jesús el Mesías, un Judío, un verdadero Israelita es aquel que tiene fe salvadora en el Señor Jesús ya sea antes o después de su encarnación. Esta es solo otra forma de decir que Jesús es “el camino, la verdad y la vida” y que “nadie viene al Padre” sino por él (Juan 14:6). Este versículo también se aplica a Abraham, Isaac y Jacob así como a cualquiera.

Luego, no debiera sorprendernos encontrar básicamente la misma enseñanza en la teología del Apóstol Pablo. En Romanos 4, Pablo dice que uno es justificado de la misma manera que Abraham fue justificado, solo por gracia, y solo a través de la fe en Jesús (Romanos 4:3-8).

¿Y qué de los Gentiles? Pablo pregunta, “¿Cuándo fue Abraham justificado? ¿Bajo qué circunstancias? ¿Antes o después de ser circuncidado? ¡No fue después, sino antes!” (Romanos 4:11).

“…para que fuese padre de todos los creyentes no circuncidados, a fin de que también a ellos la fe les sea contada por justicia; y padre de la circuncisión, para los que no solamente son de la circuncisión, sino que también siguen las pisadas de la fe que tuvo nuestro padre Abraham antes de ser circuncidado.” (Romanos 4:11-12).

Por lo tanto estas dos preguntas están íntimamente relacionadas. La Justicia ante Dios “viene por fe” (Romanos 4:16), no por guardar la Ley, ni por ser física o étnicamente Judío,

“para que sea por gracia, a fin de que la promesa sea firme para toda su descendencia; no solamente para la que es de la ley, sino también para la que es de la fe de Abraham, el cual es padre de todos nosotros” (Romanos 4:16)

Esto es así porque, como dijo en Romanos capítulo 2,

“es judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra; la alabanza del cual no viene de los hombres, sino de Dios” (Romanos 2:29).

Cristo no vino para reinstalar y fijar la Teocracia Mosaica o a establecer un reino terrenal Judío milenial, sino a salvar pecadores Judíos y Gentiles y a hacerles, solo por gracia, solo a través de la fe, y solo en Cristo, hijos de Abraham.

La Pared Intermedia Derribada (Efesios 2:11-22)

El movimiento de la historia de la redención se da en este orden. El pueblo de Dios fue un pueblo internacional desde Adán hasta Moisés. Bajo Moisés el pueblo de Dios fue temporalmente una nación. Dios instituyó unas leyes especiales, civiles y ceremoniales, para separar a su pueblo nacional de los paganos gentiles. En Efesios 2:14 el Apóstol Pablo describe estas leyes civiles y ceremoniales como la “pared intermedia” entre Judíos y Gentiles. Por causa de esa pared intermedia los Gentiles, considerados como pueblo, estaban “sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo” (2:12).

Ahora, sin embargo, por causa de la muerte de Cristo, Pablo les asegura a los cristianos gentiles que “vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo” (V.13). ¿Cómo? A través de su muerte, Cristo ha destruido la pared intermedia, ha rasgado el velo del templo, ha destruido y restaurado el templo en tres días mediante su resurrección (Juan 2:19),

“aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades” (Efesios 2:15-16).

Ahora, por virtud de nuestra unión con Cristo, tanto los cristianos Judíos como los Gentiles son “conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios” (Efesios 2:19); “Porque nosotros somos la circuncisión, los que en espíritu servimos a Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, no teniendo confianza en la carne” (Filipenses 3:3). ¿Por qué? Porque “…nuestra ciudadanía está en los cielos” (Filipenses 3:20). ¿Cómo es pues que el Premilenialismo, teniendo dos pueblos de Dios paralelos, no reconstruye esa pared intermedia de separación que Jesús destruyó con su muerte?

No Todo Israel es Israel (Romanos 9)
Uno de los lugares más claros en las Escrituras en cuanto a este tema es Romanos 9. El contexto de este pasaje es la misma pregunta que estamos tratando ahora, ¿qué sucede con Israel? ¿Quién es el Israel de Dios? ¿Ha abandonado Dios su promesa con Abraham? La respuesta de Pablo es que un Judío es quien lo es interiormente, quien ama al Salvador de Abraham. Puesto que Cristo fue circuncidado (Colosenses 2:11-12) por nosotros en la cruz, la circuncisión es moral y espiritualmente indiferente.

“No que la palabra de Dios haya fallado” (Romanos 9:6). La razón por la cual solo algunos Judíos hayan creído en Jesús como el Mesías es por que “no todo Israel es Israel. No por el hecho de ser descendientes de Abraham son todos sus hijos.” Más bien los hijos de Abraham son contados “a través de Isaac” (9:7). Esto quiere decir que “no son los hijos naturales los que son de Dios, sino los hijos de la promesa” (v.8). ¿Cómo nació Isaac? Por el soberano poder de Dios. ¿Cómo nacen los Cristianos? Por el soberano poder de Dios. Cada cristiano es un “Isaac” en cierto sentido. ¿Por qué es así? Por que

“-pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama-, se le dijo: El mayor servirá al menor. Como está escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí.” (Malaquías 1:2; Romanos 9:11-13).

¿Cómo puede ser esto? Esto es porque Dios “Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca” (Rom 9:15).

“Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia. Porque la Escritura dice a Faraón: Para esto mismo te he levantado, para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado por toda la tierra. De manera que de quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece”. (Rom 9:16-18).

¿Es Dios injusto? De acuerdo con el apóstol Pablo, como criaturas, no tenemos “derechos” delante de Dios. Dios es el alfarero, nosotros el barro, pero los Cristianos son barro redimido, objetos de misericordia, preparados de antemano para la gloria. Debemos evaluar nuestra condición teniendo como telón de fondo la paciencia de Dios con esos objetos de ira preparados para destrucción (Romanos 9:22-23). Estas vasijas preparadas para la gloria son tomadas tanto de entre los Judíos como de entre los Gentiles (Romanos 9:24). Esto es lo que él prometió en Oseas. Él ha hecho de aquellos que fueran una vez “Lo-ammi”, “no mi pueblo”, o sea los Gentiles, que ahora fuesen “hijos del Dios vivo” (Oseas 2:23; 1:10; Romanos 9:25-26).

La razón por la cual los Gentiles, que estaban sin la Ley, hayan “obtenido justicia”, y que Israel que sí la adquirió por Ley no la tenga, es porque la justificación no es por las obras, sino por gracia (Romanos 9:32). Ellos se tropezaron con Jesús, la piedra de tropiezo. Él no encajó con sus planes nacionalistas, y digo yo, que tampoco encaja él con los planes nacionalistas/Sionistas del Premilenialismo.

No es que Pablo no quiera que los Judíos no sean salvos, sino que les dice esto porque quiere que los Judíos también se salven. La única manera de que un descendiente físico de Abraham, Isaac y Jacob sea un verdadero Israelita es unirse al verdadero Israel de Dios, a Jesús, por medio de la fe. “Porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan; porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Romanos 10:12-13). “No todos los Israelitas han aceptado el Evangelio.”

¿Ha rechazado Dios a su pueblo? No, los escogidos son su pueblo, y todos los escogidos serán salvos. Hay también Judíos creyentes. Pablo se pone a él mismo como ejemplo (Romanos 11:1). Él es parte del remanente escogido que no ha doblado su rodilla ante Baal. “Así también aun en este tiempo ha quedado un remanente escogido por gracia. Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia” (Romanos 11:5-6). Lo que Israel buscó ansiadamente no lo obtuvo, pero los escogidos sí. Los demás fueron endurecidos.

La elección de Dios de unos y la reprobación de otros son dos hechos de la historia de la redención que Pablo saca a la luz con la pregunta “¿Quién es el Israel de Dios?”. Y de nuevo enseña: La salvación es solo por gracia, solo por medio de la fe, y solo en Cristo; y “Lo que buscaba Israel, no lo ha alcanzado; pero los escogidos sí lo han alcanzado, y los demás fueron endurecidos…” (Rom 11:7).

¿Ha acabado Dios de salvar Judíos? De ninguna manera. La salvación ha venido a los Gentiles para “provocar a Israel a celos” (Rom 11:11). Los Gentiles, por el favor inmerecido de Dios, han sido injertados al Israel de Dios. Y “ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles; y luego todo Israel será salvo” (Romanos 11:25-26).

Los Cristianos son el Israel de Dios en Cristo: Gálatas 6:16
Dado este trasfondo, no debiera sorprendernos nada el hecho de que los apóstoles llamaran a ambos, Judíos y Gentiles, “el Israel de Dios.” Este es el lenguaje de Pablo refiriéndose a la congregación mezclada de Galacia.

1 Pedro 2:9-10
El apóstol Pedro usa el mismo tipo de lenguaje para describir las congregaciones de mayoría gentil en Asia Menor, a quienes escribe diciendo, “vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia.”

Hebreos 8:8-10
Según el escritor a los Hebreos, aquellos que invocaren el nombre de Cristo son “la Casa de Israel.” Cualquiera que haya creído en Cristo es un heredero de las promesas del Nuevo Pacto.

Conclusión
¿Ama a los Judíos el Dios de Abraham, Isaac y Jacob? Sí. ¿Tiene un plan para los Judíos? Sí, el mismo plan que prometió a Adán, la simiente de la mujer, el mismo plan que prometió a Abraham, “la Simiente.” Esa simiente es una: Cristo. Él es el Santo de Israel, él es el Israel de Dios. Él hizo lo que Adán no. Él hizo lo que un Israel terco no quisiera ni pudiera haber hecho. Él sirvió al Señor con todo su corazón, alma, mente y fuerzas.

Muchos de los Judíos, de todas formas, no estaban buscando un Salvador. Buscaban un rey. Jesús es Rey, pero ganó su trono mediante su obediencia y muerte, y eso no es lo que ellos querían. Ellos querían gloria, poder y un reino teocrático, político, y físico en esta tierra. Jesús ha establecido su reino, a través de la predicación del Evangelio y la administración de los sacramentos. Este reino puede que no sea tan emocionante como gobernar desde Jerusalén durante una era dorada en la tierra, pueda que no venda tantos libros ni llene tantas butacas en los cines, pero el mundo nunca ha encontrado al Jesús de las Escrituras muy interesante. Por eso él es piedra de tropiezo para los Judíos Sionistas y locura para los Griegos. Para los Cristianos, sin embargo, él es el Cristo, “poder de Dios, y sabiduría de Dios” (1 Corintios 1:24).

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Traducción al español: David Barceló, abril 2002.

Tesis Sobre la Teología del Pacto

1. Prolegómenos

  1. La teología del Pacto estructura la totalidad de la
    revelación Bíblica.
  2. La forma de los pactos revelados en la Escritura se tomó
    prestada del mundo antiguo del cercano oriente, se acomoda a
    él, y debe ser entendida en ese contexto.
  3. El pacto es la explicación más coherente de la
    revelación Bíblica y la naturaleza y autoridad del canon.

2. Histórica

  1. La teología del pacto no surgió de novo en los siglos 16
    y 17 sino que virtualmente todos los elementos que
    conformaban la teología Reformada del pacto existían de
    manera incipiente en épocas tempranas.
  2. La ortodoxia Reformada se volvió a la teología del pacto
    para darle una expresión histórica redentora a su teología
    exegética (bíblica) y dogmática.
  3. Tal y como fue entendida y practicada por la ortodoxia
    Reformada, no había una distinción significativa entre la
    teología del pacto y la teología federal.
  4. El Luteranismo Ortodoxo parece haber rechazado la
    teología pactal Reformada porque miraban en ella una
    confusión entre la Ley y el Evangelio.
  5. Sin embargo, la teología Reformada se volvió a la
    teología del pacto no para modificar o rechazar el avance de
    Lutero, sino para preservar la soteriología Protestante y
    relacionar de manera coherente la justificación y la
    santificación.
  6. La teología Reformada clásica enseñaba tres pactos: el
    pacto de redención (pactum salutis), el pacto de obras (foedus
    operum) y el pacto de gracia (foedus gratiae).

3. Bíblica / Exegética

  1. El Dios de la Biblia se relaciona con Sus creaturas
    pactalmente desde la eternidad (pactum salutis), en la
    creación (pacto de obras), en la providencia (pacto de
    preservación) y en la redención (pacto de gracia).
  2. Oseas 6:7 (“como Adán”) confirma la conciencia de los
    autores Bíblicos de un pacto de obras prelapsario.
  3. El Apóstol Pablo presupone la existencia de una pacto de
    obras prelapsario en pasajes como Romanos 2:13 y 4:4.
  4. La excomunión del árbol de la Vida (Génesis 3:22-24)
    confirma la naturaleza probatoria del pacto de obras.
  5. Hubo múltiples señales y sellos del pacto de obras
    incluyendo los relacionados con la creación como lo son el
    Sabbath, el árbol del conocimiento del bien y del mal y el
    árbol de la vida.
  6. La primera promesa Evangélica en Génesis 3:15 anuncia el
    pacto de gracia, i.e., la redención de los elegidos por el
    Mediador.
  7. El pacto de gracia es el registro histórico progresivo
    de la administración del Evangelio en la historia de la
    redención.
  8. El primer pacto con Noé (Génesis 6:17-19) fue particular
    y una administración del pacto de gracia.
  9. El segundo pacto con Noé (Génesis 9:8-17) fue un pacto
    universal no-salvífico que prometía la restricción del
    juicio hasta el último día.
  10. El pacto Abrahámico es una renovación de la promesa/pacto
    post-lapsario hecha a Adán (Génesis 3:15; 17).
  11. En la historia de la redención el pacto de gracia fue
    renovado en Abraham de tal forma que él es el padre de todos
    los que creen (Romanos 4:11; Juan 8:56).
  12. El pacto Abrahámico es, lógica e históricamente,
    anterior al pacto Mosaico.
  13. El pacto Mosaico no fue renovado bajo Cristo, pero el
    pacto Abrahámico sí lo fue.
  14. La promesa de la tierra hecha a Abraham (Génesis 15:18;
    éxodo 6:4; Jueces 2:1) era típica de las bendiciones
    venideras del Nuevo Pacto (Génesis 2:4; Gálatas 3:14;
    Hebreos 8) y del estado final (Hebreos 11:10).
  15. Todos aquellos justificados bajo Moisés fueron
    justificados solo por gracia, por medio de sólo la fe en
    Cristo solamente.
  16. Con respecto a la promesa de la tierra el pacto Mosaico
    fue, por mutación, una republicación del pacto Adánico de
    obras.
  17. Con respecto a la justificación y la salvación, el pacto
    Mosaico fue una administración del pacto de gracia.
  18. A los Israelitas se les entregó la tierra y la
    mantuvieron por gracia pero fueron expulsados por la falla
    de no mantener el pacto temporal y típico de obras (Génesis
    12:7; éxodo 6:4; Deuteronomio 29:19-29; 2 Reyes 17:6-7;
    Ezequiel 17).

4. Sistemática / Dogmática

  1. La teología del pacto es tan de la esencia de la
    teología Reformada que modificar su teología del pacto es
    modificar la sustancia de la teología Reformada.
  2. La disposición pactal de la historia de la redención y
    la revelación pactal progresiva de la Escritura no es un
    mero convencionalismo, sino más bien un reflejo de las
    relaciones intra-Trinitarias.
  3. Todos los pactos revelados en la Escritura contienen
    tanto bendiciones prometidas como amenazas de peligros.
  4. El pacto pre-temporal de redención (pactum salutis) se
    halla detrás del pacto de obras y del pacto de gracia y
    ordena la historia de la redención.
  5. En la historia de la redención el pactum salutis
    significa obras para el Hijo y gracia para nosotros.

5. El pactum salutis

  1. El pactum salutis se halla bíblicamente fundamentado en
    el Salmo 110, Juan 5:30; 6:38-40; 17; Gál. 3:20 entre otros
    lugares.
  2. Cristo cumplió las obligaciones legales del pactum
    salutis en su obediencia activa y pasiva como el
    representante de los elegidos.
  3. La acusación de que el pactum salutis tiende al
    triteísmo parece ignorar la distinción entre la Trinidad
    económica y la Trinidad ontológica.
  4. La obra del Espíritu Santo no siempre ha sido discutida
    bajo el pactum salutis solo porque se enfoca en la
    realización de la redención en lugar de enfocarse en la
    aplicación de la redención.
  5. Dado que el Espíritu ciertamente consintió en aplicar la
    obra de Cristo a los elegidos (Juan 15:26), no hay razón por
    la cual la obra del Espíritu Santo no pueda ser integrada en
    el pactum salutis.

6. El Pacto de Obras (foedus operum)

  1. El pacto pre-lapsario puede ser llamado un pacto de
    obras con respecto a sus términos, un pacto de vida con
    respecto a sus metas y un pacto de naturaleza con respecto a
    su escenario. Todos los tres nombres describen el mismo
    pacto.
  2. En la teología Reformada el pacto de obras es idéntico a
    la Ley que dice: Haz esto y vivirás.Jesucristo cumplió el pacto de obras en su obediencia activa
    y pasiva a la ley de Dios a favor de su pueblo.
  3. El pacto de obras fue abrogado como camino a la vida
    eterna por la caída.
  4. Los términos del pacto de obras continúan post-lapsum
    para obligar a todas las creaturas racionales y debe ser
    cumplido perfectamente tanto personal como vicariamente.
  5. Cualquiera que niegue al pacto prelapsario de obras pone
    en peligro la doctrina Bíblica y Protestante de la
    justificación solo por gracia, a través solo de la fe en
    Cristo solamente.

7. El Pacto de Gracia (foedus gratiae)

  1. Cuando hablamos en términos pactales siempre debiésemos
    especificar a cuál pacto nos referimos.
  2. El pactum salutis es distinto del pacto de gracia y es
    la base del mismo.
  3. Es un grave error teológico confundir el pacto de obras
    con el pacto de gracia.El término pacto de gracia se puede en un sentido amplio y
    en un sentido más restringido.
  4. Usado en el sentido más amplio, el pacto de gracia no es
    sinónimo de elección de modo que todos los elegidos están en
    el pacto de gracia, pero no todos en el pacto de gracia son
    elegidos.
  5. Usado en el sentido más restringido, el pacto de gracia
    se refiere únicamente a los elegidos.
  6. Existe una distinción justa y necesaria que ha de
    hacerse entre aquellos que están en el pacto de manera
    amplia (externamente) y aquellos que están en el pacto tanto
    de manera amplia como restringida (internamente).
  7. La distinción interna/externa es un corolario de la
    distinción entre la iglesia considerada de manera visible e
    invisible.
  8. El Evangelio no es una promesa de elección sino una
    salvación soberana y llena de gracia del pecado cuya
    salvación es recibida por medio de la fe sola.
  9. Existen dos beneficios principales del pacto de gracia:
    justificación y santificación, de las cuales la
    justificación tiene prioridad lógica.
  10. El único fundamento de la justificación es el
    cumplimiento de la condición del pacto de obras por parte de
    Cristo en su obediencia activa y pasiva.
  11. El único objeto de la fe justificadora es Cristo, el
    Garante del pacto de redención para nosotros, y el
    cumplimiento del pacto de obras para nosotros, y el Mediador
    del pacto de gracia para nosotros.
  12. El único instrumento y condición de la justificación del
    pacto de gracia es una fe pasiva, extraspectiva y receptiva
    que confía en la capacidad de Cristo para guardar el pacto
    de obras.
  13. Solamente los creyentes reciben los principales
    beneficios del pacto.
  14. En la teología Reformada el pacto de gracia es un pacto
    Evangélico que tiene precisamente los mismos términos y
    condiciones del Evangelio.
  15. Se puede decir que la fe justificadora es la única
    condición o instrumento apropiado del pacto de gracia.
  16. El pacto de gracia fue inaugurado post-lapsum y ha de
    distinguirse en agudo contraste del pacto de obras.
  17. El pacto de gracia es monopleural en origen y dipleural
    en administración, i.e., la oferta del Evangelio es
    incondicional en su origen pero la recepción de sus
    beneficios está condicionada por la fe justificadora que es,
    en sí misma, el solo don gratuito de Dios a los elegidos.
  18. El monopactismo o la negativa de distinguir entre el
    pacto de obras y el pacto de gracia implica una confusión de
    la Ley y el Evangelio.
  19. El eslogan “dentro por gracia, permanece dentro por las
    obras,” es nada menos que la herejía de los Gálatas
    condenada por el Apóstol Pablo.
  20. Es innecesario yuxtaponer los aspectos legales y
    relacionales de la teología del pacto. En todos los tres
    pactos, se presuponen las relaciones personales en las
    relaciones legales justas.
  21. La santidad es el segundo beneficio del pacto de gracia
    y fluye de la justificación.
  22. La santidad es un don tan lleno de gracia como la
    justificación.
  23. La santidad es lógica y moralmente necesaria como
    evidencia de la regeneración, la fe y la justificación.
  24. Considerada con relación a la santificación (en
    distinción de la justificación) se puede decir que la fe es
    activa y es iniciada y sustentada por la gracia pero
    involucra la cooperación humana con la gracia santificadora.
  25. La santidad no es instrumento o fundamento de la
    justificación.
  26. La santidad fluye a partir del uso apropiado de las
    señales y sellos pactales divinamente ordenados.
  27. El tercer uso de la ley moral es la norma de la vida del
    pacto.
  28. La negación del tercer uso de la Ley (tertius usus legis)
    conduce al antinomismo.
  29. El tercer uso de la ley, como el primero, también nos
    conduce a Cristo.
  30. Relación del Antiguo y el Nuevo Pacto
  31. El término “Antiguo Pacto,” como se usa en la Escritura,
    se refiere a la época Mosaica y no a todas las épocas antes
    de la encarnación ni a todas las Escrituras Hebreas y
    Arameas de manera indiscriminada.
  32. El Antiguo Pacto fue temporal y tipo del Nuevo Pacto.
  33. En términos históricos y redentores el Antiguo Pacto (Mosaico)
    tiende a favorecer el ministerio de la Ley (“la letra”)
    mientras que el Nuevo Pacto tiende a favorecer el ministerio
    del Espíritu Santo (2 Corintios 3).
  34. El Nuevo Pacto es el cumplimiento de la promesa hecha a
    Adán (Génesis 3:15) y el (Abrahámico) pacto de gracia.
  35. El Nuevo pacto es la realidad tipificada por los tipos y
    sombras previos a la encarnación (2 Corintios 1:20; Juan
    6:32; Hebreos 7-9).

8. Teología del “Nuevo Pacto”

  1. Igual que el Dispensacionalismo, la teología del “Nuevo
    Pacto” (TNP) no es suficientemente Trinitaria en su
    hermenéutica.
  2. La TNP ignora la unidad del pacto de gracia.
  3. Es algo confuso como la TNP no tiende hacia una
    discontinuidad radical entre Moisés y Cristo.
  4. La TNP no explica la distinción entre Moisés y Abraham.
  5. La TNP tiende hacia el antinomismo.

9. El Dispensacionalismo

  1. De las tres etapas en la historia del Dispensacionalismo
    (clásico, modificado, progresivo), las primeras dos son
    hostiles a la teología del pacto.
  2. El Dispensacionalismo clásico y el modificado tienden
    hacia una disyunción radical (Marcionita) entre Moisés y
    Cristo.
  3. Igual que la Teonomía, el Dispensacionalismo
    erróneamente hace del pacto Mosaico la meta en lugar de
    verlo como una disposición temporal y típica.
  4. Al postular dos pueblos el Dispensacionalismo resucita
    la pared divisoria que Cristo abolió en su carne.

10. La ética

  1. Debido a que las leyes civiles y ceremoniales estaban
    vinculadas, de manera específica e intencional, al Antiguo
    pacto (Mosaico), estas fueron cumplidas en la obra Real (referida
    a la realeza) y Sacerdotal de Cristo, y por lo tanto, ya no
    son obligatorias para el Cristiano.
  2. La ley civil Mosaica, debido a que estaba vinculada
    específica e intencionalmente al antiguo pacto (Mosaico)
    temporal y típico, nunca tuvo el propósito de servir como
    norma para cualquier otro estado más que para la teocracia
    Mosaica-Davídica.
  3. Cualquier intento de re-imponer las leyes civiles
    Mosaicas o sus penalidades falla al no entender el carácter
    tipológico, temporal y nacional del Antiguo pacto (Mosaico).
  4. La ley moral, en el grado en que exprese la sustancia de
    la voluntad moral de Dios y que no esté vinculada a las
    ceremonias del Antiguo pacto continúa siendo obligatoria
    para todos los seres humanos.
  5. En el Nuevo Pacto, se puede decir que solamente la
    segunda tabla de la Ley es obligatoria para el estado.
  6. Existen dos reinos: el de la mano derecha y el de la
    izquierda.
  7. Ambos reinos se hallan bajo la autoridad de Cristo, pero
    son administrados de maneras diferentes.
  8. En cada reino los Cristianos viven bajo el señorío de
    Cristo de acuerdo a la naturaleza de ese reino.
  9. El reino de la mano Derecha describe el ministerio de la
    Palabra y los sacramentos.
  10. El reino de la izquierda describe el ejercicio del poder
    en los ámbitos eclesiástico y civil.
  11. Debido a la distinción entre los dos reinos y debido a
    que el decálogo es sustancialmente idéntico con la ley
    natural, los Cristianos debiesen abogar por leyes y
    políticas en el ámbito civil sobre la base del conocimiento
    universal y natural de la segunda tabla de la ley.

11. Eclesiástico

  1. La iglesia es tanto la comunidad pactal, universal y
    local, que confiesa a Cristo.
  2. Dios ha ordenado tres oficios especiales en la comunidad
    pactal que confiesa a Cristo: ministro, anciano y diácono.
  3. Los Cristianos están obligados a unirse y formar parte
    de una verdadera comunidad pactal que confiese a Cristo.
  4. Las señales de una verdadera comunidad pactal que
    confiesa a Cristo son la predicación pura del
  5. Evangelio (el pacto de gracia), la administración pura
    de las señales y sellos pactales (los sacramentos) y la
    administración de la disciplina.
  6. Una vida genuinamente Cristiana no puede ser vivida, de
    manera ordinaria, fuera de una verdadera comunidad pactal
    que confiese a Cristo.
  7. Los miembros de la comunidad pactal que confiese a
    Cristo que hayan recibido la señal y sello del pacto están
    moralmente obligados a vivir en fidelidad a esa comunidad y
    a hacer un uso regular y consistente de los medios de gracia
    (la Palabra y los sacramentos).
  8. Se puede decir que el asistir y participar de los medios
    de gracia son las estipulaciones, obligaciones morales, o
    incluso condiciones de segundo orden del pacto de gracia en
    tanto que se distingan de la condición o instrumento
    apropiado del pacto de gracia.
  9. La Palabra y el Espíritu del Pacto
  10. La Palabra del pacto se halla en dos partes: Ley y
    Evangelio.
  11. La proclamación del Evangelio es el medio divinamente
    ordenado por el cual el Espíritu Santo opera fe en los
    corazones en los corazones de los miembros del pacto de
    gracia.
  12. Señales y Sellos del Pacto (Sacramentos)
  13. Hay dos señales y sellos (sacramentos) del pacto de
    gracia, el Bautismo y la Cena del Señor.
  14. Los sacramentos significan y sellan la identidad y la
    unión del creyente con la muerte y sepultura de Cristo.
  15. Como señales y sellos del pacto de gracia son Evangelio,
    no Ley.
  16. Los sacramentos son señales para todos y sellos para los
    elegidos.
  17. Las señales y sellos del pacto son una bendición para
    los elegidos pero también vienen con peligros para los
    reprobados.
  18. Debido a la distinción visible/invisible (interna/externa)
    es posible participar en las señales y sellos del pacto con
    perjuicio de uno (1 Corintios 10; Hebreos 6; 10).
  19. Las señales y sellos del pacto son medios de gracia para
    todos los creyentes por los cuales su fe es genuinamente
    fortalecida y su santificación impulsada.
  20. Debido a que niegan la distinción de lo interno/externo,
    los que abogan por la “objetividad del pacto” enseñan una
    visión de los sacramentos que es virtualmente indistinguible
    de la visión ex opere operato Romana.

12. El Bautismo

  1. A diferencia de la Cena del Señor, el Bautismo es la
    señal y sello de iniciación en el pacto de gracia.
  2. En la historia de redención el bautismo sucedió a la
    circuncisión como la señal y sello de iniciación.
  3. Se puede decir que todas las personas bautizadas están
    en el pacto de gracia en el sentido más amplio.
  4. No todos los que son bautizados reciben la sustancia o
    beneficios del pacto de gracia.
  5. El bautismo por sí mismo no regenera o no une
    necesariamente al bautizado con Cristo.
  6. La Escritura requiere el bautismo de los adultos
    conversos que no hayan sido previamente bautizados.
  7. La Escritura enseña el bautismo de los hijos en el pacto.
  8. No bautizamos a los niños del pacto sobre la
    presuposición de su regeneración, sino sobre la base del
    mandamiento y promesas divinas que acompañan al bautismo.
  9. Por esa razón, toda objeción hecha contra el bautismo
    pactal (de infantes) y que se pueda hacer contra la
    circuncisión pactal (de infantes) tal y como se practicó
    bajo Abraham el padre de los creyentes del Nuevo Pacto, es
    inválida.
  10. Así como la antigua señal y sello de la iniciación
    pactal (circuncisión) podía ser observada una vez así la
    nueva señal y sello de la iniciación pactal (el bautismo)
    solamente puede ser observado una vez.

13. La Cena del Señor

  1. A diferencia del Bautismo, la Cena es la señal y sello
    de la renovación del pacto.
  2. Como señal de la renovación del pacto la Cena no es
    apropiada para aquellos que no puedan entender la naturaleza
    de la presencia de Cristo o la bendición y el peligro que
    acompañan a la Cena.
  3. La Cena del Señor es el cumplimiento de todas las
    festividades típicas de Israel.
  4. Así como los creyentes se alimentaron del cordero de la
    Pascua, como el verdadero Cordero de Dios, así Cristo se
    halla realmente y verdaderamente presente en la Cena.
  5. En la Cena, los creyentes se alimentan del verdadero
    cuerpo y sangre de Cristo por la fe, por medio de la
    operación del Espíritu Santo.
  6. Debido a que la antigua comunidad del pacto festejaba
    cada vez que se reunía, y debido a que la Cena es la señal y
    sello de la renovación del pacto ordenada por Cristo debiese
    ser observada cada vez que la comunidad pactal se reúne.

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